martes, 26 de octubre de 2010


Eres Tú

No olvidar.
Como era costumbre, el consejo de ancianos se reunió para dar al  astronauta las últimas instrucciones antes de que  emprendiese  el  viaje al lejano planeta.
Hace miles de años-dijo el decano- nuestra conquista del espacio fue un acontecimiento en el que se cifraron grandes esperanzas.
En aquel tiempo se llevaba un minucioso conteo y un cuidadoso historial de todos aquellos a quienes enviábamos a conquistar el nuevo mundo.
La experiencia nos ha demostrado- agregó el Presidente del consejo- que hasta ahora nuestros esfuerzos han sido inútiles y nuestras esperanzas estériles. Pero seguimos sin darnos por vencidos
-comentó un consejero que tenía fama de optimista y emprendedor- .Y por eso está usted aquí, ante el gran consejo y listo para emprender la misma aventura de sus ancestros.
Al igual que a ellos, se le ha entrenado cuidadosamente -le recordó el Jefe del proyecto astral-, y también al igual que ellos, conoce los riesgos del viaje y sabe que puede morir antes de llegar siquiera a su punto de destino. Vivimos en un mundo libre. ¿Aún quiere usted, a pesar de todos estos riesgos, ser nuestro emisario?
Si señor – respondió el astronauta con voz firme y segura. Los ancianos se miraron unos a otros y sonrieron con una sonrisa amable pero impregnada de ligera tristeza.
Aunque el tiempo de duración del viaje es bastante exacto, en ocasiones puede variar por factores ajenos a nuestro control, dijeron.
Eso no importa – afirmó el astronauta, estoy seguro de que llegaré, y es lo que quiero, estar cuanto antes en el lejano planeta para llevar el Mensaje de paz.
Háblenme ahora de aquel mundo desconocido, según los entrenadores del centro espacial solamente ustedes podrán decirme cuál  es el verdadero peligro que afrontaré cuando llegue allá.
El Supervisor de Condiciones  Atmosféricas tomó la palabra.
- Usted – dijo- viajará perfectamente protegido dentro de la cápsula donde tendrá calor, alimento y el máximo de protección que hemos podido dar a la fecha a cualquiera de nuestros viajeros, pero una vez que abandone dicha cápsula, nada podremos hacer por usted.
Lo sé – replicó el hombre- y por ello se me ha equipado con grandes dosis de fuerza, valor, ternura, compasión y en general todas las virtudes que se necesitan para sobrevivir en cualquier medio, amable u hostil.
Nuevamente  los ancianos cambiaron preocupadas miradas y el decano habló con voz grave y triste.
La atmósfera de aquel planeta tiene elementos que borran de la memoria todas nuestras enseñanzas.
Pero yo recordaré – afirmó con vehemencia el astronauta-, y los ancianos le miraron con tristeza y un poco de fatiga; ¡cuántas veces habían escuchado aquella afirmación!
Casi nadie recuerda – dijo el jefe de Control de la Memoria. Solamente uno de nuestros enviados, cuyo número ya hemos olvidado, aprendió bien la lección y dio nuestro mensaje.
-¡Yo seré igual a él!  ¡yo no olvidaré el propósito de mi misión!
- Nos conformaremos con que recuerde parte de ella, dijo el que controlaba la memoria, que era un anciano tan escéptico como todos los que habían desempeñado su mismo cargo.
Parte de ella no – volvió a afirmar el astronauta – yo no puedo olvidar que mi misión es de amor y de concordia.
Se hace tarde, caballeros – cortó con brusquedad  el Guardián del Tiempo-.
Una última pregunta  - gritó el astronauta. ¿Qué  pasó con aquel que recordó la lección y que dio el mensaje?  Lo asesinaron – respondió con sencillez el Encargado del historial del Espacio.
¿Y aquéllos que lo recordaron  “ a medias”?  - insistió el astronauta a pesar  de  que se acercaba la hora en que debía penetrar en la cápsula.
Fueron perseguidos, torturados, encarcelados y al igual que el primero, casi todos ellos murieron en forma violenta  - explicó el Juez de las causas perdidas.
Aún está usted a tiempo de renunciar – finalizó el decano- , pero dentro de dos minutos será tarde.
-No renunciaré y no olvidaré, no olvidaré nada de lo que aquí hablamos.
El Jefe del control de emociones miró largamente al astronauta.
-Lo olvidará y se convertirá en un hombre cruel, traidor, asesino y ambicioso como los que pueblan el lejano planeta. Eso es en realidad el verdadero riesgo que va corriendo.
-¿Y mi defensa contra ello?
¿No olvidar, no olvidar el mensaje –gritaron a coro los ancianos-,pero el astronauta no pudo responder porque la cápsula se había cerrado automáticamente.
Todo fue  tal y como se le había dicho. Le envolvía un suave calor, disfrutaba una beatitud, ni siquiera imaginada, se le alimentaba con prodigiosa  regularidad; y se sentía tan seguro dentro de aquella cápsula como nunca antes lo había estado. La oscuridad que lo envolvía era también sedante y suave.
Aunque se le había anticipado que el viaje era largo… había perdido la noción del tiempo, mejor dicho, el tiempo parecía haberse detenido y él no tenia ninguna prisa porque avanzase nuevamente. Soñó en ocasiones, en otras rezó y pidió fuerzas para llevar a cabo la misión, pero principalmente repasó el mensaje una y otra vez. Lo sabía palabra por palabra, podía decirlo al revés y al derecho. El no olvidaría, a él no le afectaría la atmósfera hostil del lejano planeta, ni se convertiría en un ser deleznable, como el que había descrito el jefe de control de emociones.
Finalmente el viaje terminó.
Fue arrojado de la cápsula y aunque quedó unido a ella durante unos segundos,una vivísima luz casi presentida hirió sus ojos ciegos, ruidos amenazantes y ensordecedores estuvieron a punto de hacer estallar sus oídos. Un frio mortal penetró en sus huesos y de un golpe brutal se le separó de la seguridad de aquella cápsula en que viajara.
Pero todo aquello eran sensaciones exteriores; lo terrible, lo verdaderamente terrible se presentó en el momento en que sintió que empezaba a olvidar, a olvidarlo todo irremediablemente; primero se aferró al recuerdo con todas las  fuerzas de su mente entrenada en el centro de la memoria, pero iba resbalando, resbalando… agitó los brazos en el aire desesperadamente, como si con un acto físico pudiese detener  convulsivos  movimientos y todo fue Inútil…. En la atmósfera hostil su memoria se diluía. El iba a ser igual a todos los que le precedieron, estaba condenado a la avaricia, a la maldad, al crimen y a la soledad… Cuando tuvo plena conciencia de su derrota lanzó un gran gemido y sollozó como nunca antes nadie había sollozado, o como habían sollozado  todos aquellos que al igual que él, perderían el paraíso.
La joven e inexperta enfermera miró al doctor y preguntó con ingenuidad:
-¿ por qué lloran así todos los recién nacidos?

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